Durante el último año me he dedicado a buscar los lugares más remotos para llevar a mi familia y así seguir disfrutando de Yucatán sin riesgos. Si se ofreciera un premio por encontrar el lugar más retirado para divertirse, lo estaría recibiendo ahora mismo. De verdad. Acabamos de regresar de una aventura en Dzilam de Bravo, un pequeño poblado de pescadores en el borde de la Reserva de Dzilam de Bravo en la costa norte de Yucatán. Este viaje de fin de semana no sólo estuvo lleno de diversión, emoción y aprendizaje, sino también fue increíblemente seguro.

 

Si a tu familia le gusta el mar, pasear en lancha y ver cosas súper interesantes, entonces este es un viaje para ustedes.

 

Elegimos explorar con Sayachuleb, una pequeña cooperativa ecológica que se toma muy en serio su responsabilidad con la conservación y la zona. Nos recomendaron empezar nuestra excursión con un almuerzo en el Fortín de Juan, un restaurante con vistas al Golfo de México. Comimos fabulosos mariscos (prueba los camarones en salsa de almendras, son asombrosos) mientras los niños jugaban en los columpios sobre el agua bajita y nuestros guías subían nuestras maletas en sus lanchas.

 

Una vez que nos pusimos en marcha, nuestra primera parada fue Xbuyá Ha, un ojo de agua en medio del mar. Es tan extraño como suena. Al acercarnos, vimos el agua burbujeando en la superficie, lo que resultó fascinante. Como el agua es poco profunda, todos pudieron bajar del barco y comprobar este fenómeno natural por ellos mismos, incluso los niños. En realidad, el agua dulce sale tan rápido que es difícil que los pequeños resistan la corriente, así que si vas con los tuyos, agárralos muy bien. La mejor manera de experimentar el ojo de agua es sumergirte en el agujero para ver los peces de agua dulce que viven a su alrededor. Los niños tendrán que agarrarse a la espalda de un adulto dispuesto a echar un vistazo.

 

Los niños de nuestro grupo estaban muy emocionados y se sumergieron varias veces para dar un vistazo. Todavía hablan de la experiencia, de lo extraña que fue y de lo valientes que se sintieron. No se equivocan. Todos los adultos estuvimos fascinados y sorprendidos por igual.

 

Una vez que quedamos satisfechos, fuimos al manglar para visitar el cenote Elepetén, donde pudimos nadar y jugar en el columpio de cuerda. El agua era de un azul asombroso y nos enteramos de que el agua que sale del ojo de agua procede de este cenote.

 

Desde aquí volvimos a las lanchas para dirigirnos rápidamente a nuestro destino para acampar, Las Bocas, una zona donde la ría y el mar se unen a unos 30 km del pueblo de Dzilam de Bravo. Acampamos en la playa con la única compañía de nuestro guía. No hubo ningún otro ser humano a la vista durante todo el tiempo que estuvimos ahí. Es poco común sentirse tan libre y seguro en estos tiempos difíciles, así que todos estuvimos muy conscientes de lo extraordinaria que fue la experiencia.

 

Los niños jugaron en las aguas tranquilas y poco profundas mientras el sol se ponía y nosotros disfrutamos de los obligatorios cócteles al atardecer (nosotros llevamos los ingredientes). Caminamos por la orilla, maravillados por las estrellas de mar, comentamos las huellas de animales que encontramos en la playa, los niños recogieron conchas, nadamos, reímos y todos sonreímos hasta que nos dolió la cara.

 

Preparamos la cena en una fogata: cocinamos salchichas para los niños, pescado fresco para los adultos y añadimos ensaladas preparadas en casa. A los niños les encantó ayudar a recoger leña (bueno, miento, los sobornamos con malvaviscos, eso si les encantó).

 

A las 9 de la noche, los niños estaban agotados. Un día de nadar, jugar y el aire fresco del mar los dejó fuera de combate y pidieron ir a la cama (cualquiera que acampe con niños sabe que este es un comportamiento muy inusual). Los adultos nos acostamos alrededor de las 10:30 pm, afortunadamente, porque los niños – fieles a su forma de molestar – estaban despiertos y charlando a las 5:30 am.

 

El segundo día lo pasamos descansando en la playa, caminando, nadando, jugando un poco más y admirando las bandadas de flamencos que nos sobrevolaron. De regreso a Dzilam de Bravo nos detuvimos de nuevo, a petición de mi hijo, en el Ojo de Agua para una última inmersión. También nos paramos en un banco de arena para darnos un rápido baño en aguas bajas y bellamente azules. Volvimos a la orilla a las 2 de la tarde tras haber vivido una de las aventuras de 24 horas más emocionantes de nuestras vidas.

 

 

Nuestro guía, Darwin, fue maravilloso con los niños. Los llevó a ver el Ojo de Agua y los ayudó a subirse al columpio de cuerda del cenote infinidad de veces. Al final del día, también los llevó a ver cocodrilos, con lo que se ganó su eterna devoción. Fue amable, paciente y se encargó de que los niños aprovecharan al máximo la experiencia.

 

Los precios varían según el número de personas del grupo, el clima (la acampada depende de esto) y las necesidades alimenticias.

 

Contacto:
Restaurante El Fortín de Juan
Tel. (991) 101 8769
FB: @sayachuleb 

 

 

Editorial por Cassie Pearse
Escritora y bloggera independiente de origen británico. Cuenta con estudios por la Universidad de Oxford y SOAS, Universidad de Londres. Actualmente explora Yucatán en compañía de su esposo e hijos.

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