Leyenda del Alux de Tabi: La Venganza de Barro
Esta narración folklórica yucateca ilustra las creencias populares sobre el respeto hacia los aluxes —espíritus guardianes del monte y la naturaleza en la cultura maya— y la importancia de las ofrendas rituales agrícolas. La historia advierte sobre las consecuencias fatales de romper compromisos con estas entidades de barro y desacralizar los altares tradicionales dentro de las comunidades de Yucatán.
La venganza del alux
Hace mucho tiempo en el pueblo de Tabi había un hombre solitario ya entrado en años. Las canas le pintaban su cabeza y siempre andaba por el pueblo con honda tristeza, porque nunca se había casado, no tenía esposa ni hijos.
Era muy pobre; pasaba mucha hambre y la soledad consumía sus días. Un día, cansado de sufrir, tomó una terrible decisión: arrojarse al gran cenote que se encontraba en la plaza del pueblo. Cuando se iba sumergiendo a lo más profundo del agua, en la honda oscuridad, escuchó lo que parecían ser risas y burlas hacia él y su infeliz suerte. Abrió los ojos bajo el agua y se sorprendió: ¡realmente había alguien ahí!
Volteó la mirada y vio detrás de él un aruxk’at (un alux de barro): una personita muy, muy pequeña. El alux lo miró y le preguntó:
—¿Por qué quieres acabar con tu vida?
—¡Es que estoy muy cansado de mi vida y de mi soledad! Soy muy pobre; de día paso hambre y de noche padezco el cruel frío. Trabajo y trabajo decentemente, de sol a sol, pero el dinero no me alcanza, la milpa no da frutos y, para hacer más amarga mi vida, nunca he conocido a una buena mujer que me quiera, así que nunca sentiré la alegría de tener hijos.
El alux sonrió y le dijo:
—Sé que te esfuerzas mucho y que la vida es injusta contigo. Yo te puedo dar todo lo que quieres, pero a cambio te pediré un pequeño favor. Nada del otro mundo. Sólo me vas a traer algunas ofrendas: medio kilo de miel o azúcar, cuatro jícaras con sakab*, una vela de cera dorada y un ramo de flores.
El sakab es una bebida ritual hecha de maíz que se cuece con agua y sin cal y se presenta como ofrenda en las ceremonias agrícolas.
El hombre dudó un momento y le preguntó con desconfianza:
—Pero, dime una cosa… ¿no estoy haciendo un pacto con k’aak’asba’al, el demonio?
—No —le contestó el alux—, sólo conmigo. Para tener tranquilidad, los aluxes debemos comer, pero a mí me han abandonado en este cenote. Mi carne es de barro y maíz y necesito reponerla.
—Si es así, está bien —asintió el hombre—. Yo acabaré con tu sufrimiento y tú acabarás con el mío.
Y así, su suerte cambió por completo. Su milpa rápidamente prosperó y la cosecha de maíz era abundante. Con el dinero que obtenía de su venta comenzó a levantar una pequeña tienda y se volvió comerciante. Su negocio fue creciendo; si compraba algo en cien pesos lo vendía en trescientos. En muy corto tiempo, el hombre se llenó de riquezas.
A la par, tuvo otra gran suerte: conoció a una bella mujer que era rica y joven que se enamoró de él. ¡Ni en sueños hubiera imaginado que una muchacha así le haría caso! Al poco tiempo se casó con ella, y pasados unos meses quedó embarazada.
El único inconveniente en el nuevo matrimonio era que la mujer no creía en los espíritus del monte: no creía en los aluxes, ni en los santos, ni le gustaba tener imágenes o esculturas.
Aun así, el hombre se esmeró en cumplir su parte del trato: cada determinado tiempo se escabullía en la madrugada para llevarle las ofrendas al alux del cenote. Su esposa comenzó a notar que su marido se ausentaba. Un día, intrigada, decidió seguir en silencio a su marido para ver lo que hacía en la clandestinidad, y lo descubrió frente a un altar a la orilla del cenote, dirigiéndose al alux.
—Gracias a ti, hermano aruxk’at, ahora lo tengo todo.
La esposa sintió un profundo enojo al verlo postrado frente a la pequeña escultura de barro. Furiosa, pisoteó el altar, blasfemó en contra de los dioses, pateó al alux, tiró las ofrendas y partió en dos la vela de cera dorada, gritando:
—¡No puedo creer que adores ídolos sin vida! ¡Si lo hubiera sabido, no me habría casado contigo! ¡Es mucha ignorancia creer en supersticiones!
Él le contestó asustado:
—¡Mujer, no hagas algo de lo que te puedas arrepentir! Con los aluxes no se juega, ¡todo lo que tenemos nos lo regaló él!
—Hemos prosperado por nuestro trabajo, no gracias a un inútil muñeco de barro! ¡Si sigues adorándolo, te dejo! ¡No conocerás a tu hijo que llevo en mi vientre!
El hombre tuvo miedo de perder a la mujer que durante tanto tiempo había esperado, así que decidió abandonar al alux. En su altar ya no hubo azúcar, ni sakab, ni velas ni flores. El trato quedó en el olvido.
Un día, al entrar a su alcoba, escuchó una risa macabra: era el aruxk’at.
—Pensé que eras un hombre honesto, pero olvidaste tu compromiso. La esposa que yo te conseguí te logró manipular y vas a perderlo todo. Me voy a vengar de lo que tú y tu mujer me hicieron. ¡Voy a hacer algo que te dolerá por el resto de tus días!
El hombre pensó que si volvía a llevar ofrendas al cenote, el alux se calmaría y todo seguiría con normalidad. Sin embargo, a los pocos días, su esposa entró en labor de parto. El marido fue por la partera y se quedó afuera de la casa, esperando al bebé. Una vez que el bebé nació, el hombre abrió la puerta para conocerlo, y una vez más escuchó la risa del alux.
Su esposa lloraba amargamente sobre la hamaca. Cuando el hombre tomó en brazos a su hijo se le heló la sangre: el bebé era idéntico a la figura del pequeño alux: su rostro parecía estar hecho de barro tosco, tenía una textura terrosa y había nacido con una oreja incompleta, así como quedó el aruxk’at al ser pateado por la mujer.
Del susto y del dolor, el hombre arrancó a correr hasta llegar al cenote de la plaza, el lugar donde el alux le había salvado la vida. Sin pensarlo, se volvió a arrojar, pero esta vez nadie lo salvó. Murió de verdad. Como había faltado a su promesa, el alux le había quitado todo.
Tras su muerte, el dinero que había acumulado el hombre se convirtió en hojas de tabaco, la mujer viuda se quedó en la pobreza y con su hijo idéntico al alux. Ese fue su castigo por blasfemar contra los espíritus de la selva.
Publicado por primera vez en el sitio web de Yucatán Today en octubre del 2026.
Autor: Leobardo Cox Tec
Gestor cultural, gastrónomo, fotógrafo y escritor originario de Yaxcabá. A través de su trabajo, se especializa en la difusión del patrimonio cultural y natural del estado de Yucatán, compartiendo las historias de sus pueblos a través de sus tradiciones."
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