Hay muchas cosas que diferencian a México de sus vecinos norteamericanos, debido no sólo a la violenta colonización de los españoles, sino a los numerosos grupos indígenas que se encuentran en lo que hoy se llama los Estados Unidos Mexicanos. Una de estas cosas es la relación – y los sentimientos – con la muerte.

 

En México, la muerte se acepta como parte de la vida. El Día de Muertos es un verdadero acontecimiento cultural en el país, pero la Península de Yucatán tiene sus propias creencias y tradiciones que lo hacen único entre otras celebraciones. 

 

Aquí lo llamamos Hanal Pixán, o comida de las ánimas, y lo celebramos con altares y las comidas y bebidas favoritas de los seres queridos fallecidos, así como con flores y velas. Los cementerios de toda la Península cobran vida (por así decirlo) con mucha actividad. Los vivos se preparan para el regreso de los muertos reparando y pintando lápidas y mausoleos, y colocando veladoras junto a flores tanto frescas como de plástico para alegrar la escena. 

 

Este artículo, sin embargo, no trata de estas festividades. Hay algunas tradiciones funerarias bastante interesantes que prevalecen en algunas partes de la Península de Yucatán, concretamente en la parte norte de lo que ahora es el estado de Campeche.

 

 

En algunos pueblos de esta región existen rituales muy especiales relacionados con el tratamiento de los familiares fallecidos. Hay que advertir que estas tradiciones únicas pueden ser consideradas extrañas por quienes estamos acostumbrados a métodos más “modernos”, menos intrusivos o menos manuales para tratar a los seres queridos que se nos adelantaron. Sin embargo, según los investigadores, estos rituales se remontan a tiempos antiguos y fueron observados y descritos por el infame fraile Diego de Landa (el sacerdote católico que quemó en Maní la mayoría de los registros escritos de los mayas), entre otros. 

 

Si bien hay similitudes en las tradiciones funerarias entre pueblos como Calkiní, Tenabo, Dzitbalché y Hecelchakán, el que destaca con más frecuencia es el relativamente pequeño pueblo de Pomuch. Nota: Pomuch también es famoso por su pan (llamado descriptiva y originalmente pan de Pomuch), lo que lo hace parada obligatoria para muchos que se encuentran viajando por la carretera Mérida-Campeche.

 

Lo que hace único a Pomuch y a estos otros pueblos es el tratamiento ceremonioso de los restos humanos de sus seres queridos. Puede resultar impactante para los extranjeros saber que los cuerpos de los fallecidos – después de descansar cómodamente en sus ataúdes durante 3 o 5 años – son exhumados con la esperanza de que se hayan descompuesto hasta sólo quedar los huesos. El tiempo que tarda en producirse este proceso depende del terreno, la humedad, el tipo de ataúd (metálico o de madera) e incluso los medicamentos que tomaba el difunto. 

 

Una vez retirados del lugar original, los huesos se limpian cuidadosamente. De ello se encarga el sepulturero, cuyo trabajo consiste no sólo en supervisar la correcta extracción del cuerpo de la tierra, sino también en recoger cada hueso y limpiarlo individualmente para eliminar hasta el último rastro de carne. Finalmente, coloca los huesos limpios y blancos en una caja más pequeña. Es importante asegurarse de que se incluyen todos los huesos, desde las vértebras más pequeñas hasta los huesos más diminutos de los dedos y los pies. 

 

En muchos pueblos, estos huesos – una vez sacados de sus ataúdes – se envuelven en tela y se ponen a secar al sol y al cálido aire de Campeche. Lo que hace único a Pomuch, y creo que esto es lo que la gente comenta, es que los huesos aquí no están envueltos. Están a la vista de todos. Puede ser desconcertante – supongo – ver una colección de huesos, grandes y pequeños colocados en una caja de madera, metal o cartón… con un cráneo humano encima. Si el cabello de la persona fallecida ha sobrevivido al tiempo bajo tierra, se coloca cuidadosamente sobre el cráneo para completar una escena un poco macabra (para nuestros ojos occidentales). 

 

Hay un fuerte vínculo entre los vivos y los muertos; los difuntos están muy presentes y no se han ido todavía. El espíritu de una persona buena debe pasar del purgatorio al cielo y para ello los familiares deben rezar; y sí que rezan. Los niños se saltan el purgatorio y van directamente al cielo, ya que se piensa que no tienen malicia ni pecados que explicar o expiar. Los que se han suicidado (despilfarrando la vida que les ha dado Dios) y otros pecadores van directamente al infierno. 

 

La muerte es una realidad muy aceptada en el tiempo que tenemos en esta tierra, y el tratamiento de los restos de los que nos han precedido se considera no sólo necesario, sino completamente natural y normal. 

 

Tal vez si dejáramos de lado nuestras nociones preconcebidas sobre cuál es la forma “correcta” de venerar a quienes nos han precedido, y siguiéramos considerándolos parte de nuestra familia de forma amorosa, podríamos desarrollar una relación más sana con los muertos que eliminaría el concepto de “la muerte es aterradora” que solemos tener.

 

Por el momento, al menos en una visita reciente, el cementerio de Pomuch permanece totalmente cerrado al público como parte de las medidas del estado para combatir la propagación del virus COVID-19. Cuando vuelva a abrirse, y si te interesa el tema, recomiendo muchísimo que te detengas allí como parte de una excursión de un día por la zona. Tal vez también puedas presenciar la limpieza de los huesos o, al menos, ver cómo se secan al sol.

 

 

Editorial por Ralf Hollmann
Yucateco nacido en Alemania y criado en Canadá, con estudios en Hotelería y Turismo por el Instituto Tecnológico de Columbia Británica. Ralf cuenta con experiencia en turismo de ocio, periodismo, investigación, edición, redacción y escritura creativa. También es músico.

 

 

Fotografía por Cassie Pearse para su uso en Yucatán Today.

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