En los últimos meses, hemos enfrentado retos que de alguna manera nos han ayudado a revalorizar todo aquello que es importante en nuestras vidas, sobre todo a las personas que forman parte de ella. Ahora se acerca la época donde podemos celebrar la vida de aquellos seres que amamos que se nos han adelantado. En Yucatán, la fiesta del ahora internacionalmente conocido Día de los Muertos, se conoce como la Celebración de los Finados o, en maya, U Jaanalil Pixanoob. Durante mi infancia en Peto, uno de mis maestros fue y continúa siendo, Amadeo Cool. Amadeo me contó recientemente que en los últimos 20 años se le conoce a la fiesta como Jaanal Pixan, término polémico pues no precisamente expresa todo lo que implica esta tradición.  

Festival de las Ánimas

Amadeo aprendió de las abuelas y los abuelos que esta tradición inició cuando un grupo de jóvenes guerreros que había sembrado su milpa, tuvo que ir a una batalla de la cual no regresaron. Las madres se juntaron y fueron a la milpa que dejaron sus hijos, donde encontraron que se había logrado en abundancia. Las mujeres comenzaron a llorar, recordando el esfuerzo de sus hijos que no lograron ver los frutos de su trabajo. A ellas se les ocurrió cosechar ese maíz y ofrendarlo a los espíritus de sus hijos. Por eso se dice que es una costumbre creada por las mujeres, por las madres. Esto coincide con la realidad actual ya que es en esta fecha de cosecha donde se realiza la celebración. Para octubre, el maíz que se sembró, sea de ciclo corto, mediano o largo, ya debió haber dado fruto, el cual se ofrenda a los espíritus. 

En una jícara se ofrenda atole nuevo, tortilla nueva, el Is Uaaj, elote sancochado, se hace el Pib (alimentos que se cuecen enterrados bajo la tierra), el dulce de camote para los pequeños difuntos, así como la comida y bebida que disfrutaban en vida. No pueden faltar las flores, la jícara con agua, las velas y veladoras y si hay algún retrato del difunto se ubica en un lugar muy especial en el altar. El rezo es importante en todo el proceso de elaboración del altar, de los alimentos y de la celebración. Recuerdo que, de niña, las escuelas participaban y hacíamos altares en el parque, tradición que permanece actualmente. En esta época los difuntos llegan a visitar y disfrutan de todo aquello que se les ha ofrendado.

Amadeo observa que la tradición oral ha mantenido vivo este rito y sus creencias, así como también el apego a la antigua costumbre de utilizar todo aquello que nos regala la tierra: el alimento, la jícara y las flores. No se utilizan plásticos ni contaminantes. Se cubren las mesas y altares con manteles hechos a mano. Para envolver los alimentos se usa la cáscara del maíz, el Joloch, las hojas de plátano u otras hojas grandes de otros cultivos de la milpa. Se procura que sea lo más antiguo y tradicional posible porque así es más agradable para los espíritus que llegan a visitar a los familiares. Las almas de adultos, niños y aquellas que están solas y no tienen quienes los recuerden, también se les da la bienvenida en estos espacios.

Esta es la creencia de nuestro pueblo que ha logrado permanecer a pesar de la fuerte presencia de otras fiestas celebradas en estas fechas que pueden ser novedosas para muchos. En los municipios de Yucatán, se mantiene viva la tradición gracias a que las niñas y los niños ven lo que hacen los adultos y lo van adoptando conforme van creciendo. Como dice Amadeo, esta tradición está ligada a la actividad campesina, pues se celebra gracias al trabajo de las mujeres y los hombres que ponen manos a la tierra y trabajan con ella. Sigamos valorando la tierra, la labor campesina y celebrando a nuestros amados finados.

 

Editorial por Amadeo Cool y Andrea Medina 

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