Seguramente has probado varias gomas de mascar con sabores, colores y hasta olores diferentes. Pero, ¿sabías que el chicle nació en la Península de Yucatán? Acompáñanos a descubrir ese pasaje de su historia.

Los mayas han contribuido no sólo con su gran sabiduría y visión en astronomía y arquitectura, sino también con una aportación de alcance mundial, el chicle. Estamos seguros que esta historia no te la imaginabas. La goma de mascar de los mayas, conocida como “sicté”, que significa “fluido vital”, era completamente natural, de color blanco y sin sabores o azúcares añadidos.

Para su elaboración seguían un proceso único que aún se conserva y practica para la producción de chicle artesanal y orgánico por ser un método efectivo, heredado de generación en generación. Primero se comienza con la extracción de la savia del chicozapote, abundante árbol de gran tamaño en la Península de Yucatán. Imagínate a varios hombres con una soga alrededor de su cuerpo trepados literalmente en los troncos de estos árboles de más de 15 metros de altura haciendo cortes en las cortezas para obtener la resina blanca. Posteriormente, esta resina se seca al sol en bloques y se corta para obtener láminas de chicle. Increíble, ¿verdad?

Seguramente te estás preguntando si los mayas también utilizaban el chicle con fines de higiene. La respuesta es “sí”, ya que la goma masticable que se obtenía tenía como uso principal la limpieza de dientes y boca después de comer. Eso sí, no todos tenían acceso a este producto, solo las clases de mayor jerarquía en la sociedad maya de antaño, como los gobernantes y miembros de los Consejos, consumían chicle.

Esta costumbre se fue transmitiendo a otros pueblos de México e incluso se realizaron intercambios comerciales con el chicle. Fue así como llegó a los aztecas y posteriormente a los españoles durante la Conquista. Su uso se mantuvo con fines de higiene en toda Europa.

La explosión comercial del chicle se origina a partir de un encuentro del ex presidente de México, Antonio López de Santa Anna, con el joven Thomas Adams que lo observó masticando una goma. Éste se interesó en la producción masiva y posterior comercialización; ahí comenzó una etapa de exitosa exportación de la resina producida en la Península, sobre todo para la Wrigley Company. Sin embargo, en los años 50 se elaboró una goma sintética que sustituyó a la resina natural, y vino el declive económico alrededor del árbol del chicle acompañado de una experimentación masiva de sabores con las marcas que todos conocemos.

Hoy en día, la producción ancestral heredada de los mayas se conserva con marcas orgánicas como Chiczá (www.chicza.com). Así puedes vivir una experiencia original del chicle, tal como lo consumían este pueblo milenario.

Por Violeta H. Cantarell