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Aluxes: Los Legendarios Guardianes y Protectores del Mundo Maya

Escrito por Yucatán Today | Oct 1, 2026, 6:00:00 AM

Aluxes, guardianes del mundo maya

ALUX.- sus. Hombre mítico diminuto hecho de barro que cobra vida y cuida los montículos arqueológicos y las milpas.

(Diccionario Introductorio Español - Maya / Maya - Español, Universidad de Quintana Roo, 2009)

 

¿Has oído hablar de los aluxes? En la creencia maya, los aluxes —o aluxo’ob (su plural en maya)— tienen múltiples representaciones y orígenes, dependiendo la región en que uno se encuentre o la fuente del investigador que se consulte.

 

Por ejemplo, uno de los mitos cuenta que los aluxes son los "hombres de la primera humanidad", quienes construyeron las grandes ciudades antes de que se levantara el sol. Estos seres, de baja estatura y gran sabiduría, se convertirían en piedra al salir el sol y recobrarían su estado al atardecer; esto explicaría por qué se hacen presentes en la noche más que en el día. Sin embargo, algunos otros especialistas, como el maestro Carlos Augusto Evia Cervantes, han destacado que en las comunidades se cree que a los aluxes se les puede crear. Todo comienza con muñecos de barro; a éstos se les da aliento, saliva y sangre, y por consecuencia toman vida, son despertados a la realidad y se vuelven eternos.

 

Para Luis Domenzain, apasionado y estudioso de la cultura maya, el alux es una representación del profundo agradecimiento que el ser humano le debe a la madre naturaleza. La figura de barro es sólo la vasija: lo que verdaderamente le da vida al alux es el pixan o ánima, un soplo de aire prestado por la mismísima madre naturaleza… y por eso los aluxes raramente se dejan ver de frente. Se manifiesta primero como un destello que cruza por el rabillo del ojo, como el murmullo de las hojas cuando no hay viento, o como esas misteriosas piedras blancas que te tiran de la nada cuando entras a un terreno sin buenas intenciones y sin haber pedido permiso. No lo hacen por maldad, sino para advertir que estás en casa ajena.

 

 

Los aluxes no son seres malévolos o diabólicos. En esencia, son aliados de la naturaleza, pues son los destacados guardianes y protectores de montes, milpas y vestigios arqueológicos; no es raro saber que también cuidan antiguas casonas o solares de los centros históricos de las ciudades y villas de la entidad.

 

Quienes los han visto dicen que son tan bajitos que es fácil confundirlos con niños, y que están hechos de viento; usualmente portan ropa tradicional maya (a veces con alpargatas, a veces descalzos) y en ocasiones acompañados por un perro. Normalmente no se hacen visibles pero puedes sentir su presencia como una sombra o como viento, sobre todo cuando estás en contacto con la naturaleza, en cuevas, cenotes, grutas y en los campos.

 

 

Los aluxes toman muy en serio su labor como guardianes; quienes entran en sus territorios sin el debido respeto son los que suelen encontrarse con ellos. Por eso, antes de hacer algún tipo de actividad siempre se debe agradecer y pedir permiso: si vas a leñar o trabajar en la milpa, o si simplemente quieres refrescarte y pasar un rato en el cenote o cuerpo de agua, hay una sola regla: siempre pide permiso.

 

La presencia de los aluxes se puede hacer notar en la forma de alguna travesura: objetos perdidos, o simplemente cambiados de lugar, o ruidos (risas, pasos, silbidos, golpecitos en puertas o ventanas, etc.) por la noche; éste es el primer aviso. Si éste se ignora, los aluxes suelen castigar con “malos aires”, manifestados en diarreas, vómitos y calenturas que los médicos no logran explicar y que sólo un j-meen (sabio, o “hacedor”) tiene la habilidad de curar. También es común escuchar sobre personas que son “llevadas” por los aluxes y perdidas en la selva, y que sólo encontrarán su camino de regreso hasta que se solicite el perdón de los dueños del monte.

 

 

Así, no debe sorprenderte que los yucatecos tengamos muy clara la importancia de convivir pacíficamente con estos seres. Es costumbre para los campesinos, por ejemplo, hacerles una ofrenda durante el periodo de siembra; con esto, piden a los aluxes que cuiden su cosecha, ahuyenten a los ladrones o animales de rapiña y espanten a quienes quieran entrar en sus tierras con malas intenciones. Para esto se les construye un altar en el que se colocan jícaras con miel y maíz y se cuida que siempre haya agua y dulces. A esta construcción se conoce como “la casa del alux”.

 

Algunos creen que esta ceremonia debe repetirse cada año y nombrar a los que trabajan en la tierras para que no los confundan con extraños. Otros dicen que el alux protegerá y dará buena cosecha durante siete años, y que posteriormente se le deberá encerrar en su santuario-casa para evitar que se vuelva incontrolable.

 

 

Pero el campo no es el único lugar donde la gente hace espacio para los aluxes. Es todavía bastante común encontrar yucatecos que les guardan ofrendas en algún rincón de su casa, desde dulces y frutas hasta alcohol y cigarros. Incluso si no hay ceremonia de por medio, no pierdes nada manteniendo la paz.

 

Hablar de estos seres no es hablar de ciencias exactas, fórmulas o casos científicos; es hablar de la memoria viva del pueblo maya, es conocer nuestra cultura que ha trascendido de generación en generación, con anécdotas y advertencias de nuestros abuelos, hasta la historias de personas que dicen haber visto uno.

 

 

No importa si estás de paso por Yucatán o si vives aquí: siempre recuerda que la base de tu relación con los aluxes debe ser el respeto por tu entorno. Especialmente cuando te encuentres en grutas, cenotes, sitios arqueológicos, o simplemente en el “monte”, procura dedicar unos instantes a reconocer que eres sólo un visitante, y quizá que te gustaría contar con su permiso y protección.

 

Y si te llegas a encontrar con alguno, no hay que asustarse. Pídeles ayuda, cumple con la ofrenda y no olvides después darles las gracias. Los guardianes de las tierras y las cosechas se quedarán de tu lado.

 

Escrito por José Ivan Borges Castillo, Olivia Camarena, Violeta H. Cantarell y Goretty Ramos.

 

 

Algunos relatos de aluxes

A continuación leerás algunos encuentros con aluxes que nuestros lectores compartieron con nosotros por correo y redes sociales; no tenemos manera de verificarlas, pero como toda buena leyenda, no está de más compartirla... Una de ellas te podría ocurrir a ti. 


Cuenta mi papá que, durante la construcción de un puente en Cancún, más de una vez la obra colapsó o se desplomó sin razón. Varios ingenieros trataron de descubrir la falla, pero no se explicaban por qué no resistía. Un día, una persona le preguntó a los constructores si le habían pedido permiso a los aluxes para construir en esa área. Los ingenieros, no muy convencidos, pero al borde de sus casillas, construyeron una "casita" donde dejaron ofrendas para los aluxes. Fue hasta entonces que el puente se pudo construir sin más contratiempos. La casita todavía se puede ver abajo del puente. —Jocelyn M.

 

 

 

Yo soy de CDMX; un gran amigo me regaló un alux, de las artesanías que venden en el mercado. Ya había escuchado que eran protectores y que también hacían travesuras. Un día, el control de mi televisión se perdió; moví cosas, busqué debajo de la cama, almohadas, ropa y nada. Así que le hablé a mi alux y le dije “¡oye, no! Tú eres protector, eres guardián y nunca te he hecho nada malo, así que tú mismo me vas a ayudar a encontrar el control de mi tele”. A la mañana siguiente, el control de mi tele apareció debajo de mi almohada. Le di las gracias a mi alux y le dije que ahora que tenemos este lazo, se ha convertido en mi guardián. Le puse dulces y un vasito con xtabentún y desde entonces ya no me ha escondido nada ni me ha hecho travesuras.

 

 


Hace algún tiempo, una mujer en Sisal estaba enferma del estómago y, por la hora, no alcanzó a consultar con el doctor. Cerca del centro de salud se encontró con una “viejitita” vestida de hipil, que parecía haber salido de los matorrales cercanos. La viejita le dio una pequeña bolsa con insumos naturales para hacerse un remedio, y le advirtió que cuando bebiera el menjurje sentiría un dolor intenso, pero después se sentiría mejor. La señora, desesperada, siguió las instrucciones y se curó. A la mañana siguiente, nadie le supo dar razón de quién era la viejita, por lo que le aconsejaron hacer una ofrenda en agradecimiento. —Olivia C.

 

 


Una vecina nos contó que en un pueblo vio una figura de barro que le llamó la atención. Cuando trató de comprársela a sus dueños, le dijeron que no estaba a la venta, pero ella insistió tanto que se la regalaron. Apenas instaló la figura en su casa, cosas raras empezaron a pasar: ruidos, cosas que se caían, objetos perdidos o cambiados de lugar. Otra de las vecinas le recomendó usar una tela de algodón para taparle los ojos y los oídos a la figura, meterla en una caja de cartón cerrada y llevarla de regreso con sus dueños, porque seguro era un alux que no estaba contento con su nueva casa. Así lo hizo la vecina, y según dice, todo volvió a la normalidad inmediatamente. —H.W.

 

 

Haciendo trabajo de campo cuando estaba en la universidad, mis compañeros y yo le preguntamos a un señor de un pueblo si alguna vez había visto a los aluxes. “Gracias a Dios no”, respondió. Me contó la historia del nieto de un amigo suyo, que se había perdido cuando salió a jugar al patio de su casa; sus papás llamaron a la policía, pero el abuelo les dijo que perdían el tiempo y fue a buscar al j-meen. Mientras se llevaban a cabo las búsquedas, el j-meen hizo una ceremonia pidiendo el regreso del niño, y luego le dijo a su abuelo dónde ir a buscarlo: en una milpa a unos cinco kilómetros de distancia. Ahí estaba el niño perdido, fresco y sin gota de hambre, porque, según contó, se había encontrado a unos niños que lo acompañaron y le dijeron qué podía comer en la milpa. Cuando el niño oyó que su abuelo lo llamaba, volteó adonde estaban sus nuevos amiguitos, y vio que estaban hechos de viento y desaparecieron. —José Luis L.

 

 

Me tocó reemplazar a un velador en una escuela; llegada la hora, me acomodé en mi hamaca, pero como es normal, no me dormí pronto porque no estaba en casa. Un poco más de medianoche escuché unos golpes como de martillo en las paredes, una vez tras otra. Encendí mi lámpara y salí para ver y no encontré nada anormal. Afoqué cerca de las bardas y no se veía nada raro. Seguro de que no había personas ni nada más, volví a acostarme. Poco tiempo después, volví a escuchar esos golpes, ahora por el techo. Nuevamente salí para ver si era un búho u otro animal, pero igual que la vez anterior no vi nada. La noche siguiente lo platiqué en casa y me sugirieron llevar algunos dulces; esa noche ya no escuché los golpes como la anterior. —José A.

 

Hace varios años, mi prima Laura fue invitada a pasar un fin de semana en la casa de los abuelos de una amiga suya en un pueblo por los rumbos de Peto. Durante la cena alcanzó a ver, con el rabillo del ojo, una sombra que pasó rápidamente a ras de piso por la pared al final de la cocina. No le dio importancia; pero ya en la noche, mientras preparaba su hamaca para dormir, vio (o creyó ver) la misma sombra veloz que salía del cuarto. A la mañana siguiente le contó a su amiga lo que había visto (o creído ver) y ella le respondió: "No te asustes, es el alux que vive en el patio. Tiene mucho tiempo con nosotros y le da curiosidad cada vez que tenemos visita, seguro se asomó a ver quién eres". —Alberto C.

Mi tía era una niña muy traviesa e inquieta tanto que su abuela siempre la regañaba y le advertía que si seguía portándose mal se la iban a llevar los aluxes. Un día la niña fue al gallinero a corretear y molestar a los pollos, de repente sintió un jalón de trenzas tan fuerte que se cayó de espaldas. Cuando se levantó asustada vió a un hombrecito pequeño que seguía jalándole el cabello; del susto comenzó a llorar y gritar, su familia salió corriendo a ver qué pasaba pero solo la vieron a ella llorando en el piso, la criatura se había esfumado. Al contarles lo sucedido, su abuelita le comentó que se trataba de un alux. Como el susto y el llanto no se le iban, la tuvieron que ensalmar (pasarle un huevo por todo su cuerpo mientras recitaban una oración), para quitarle el mal aire que había cargado. —Coni.

 

Un conocido de mi marido le contó sobre un muchacho que encontró en el monte un "niño de barro", una figurita antigua que representa a los aluxes, y que por seguridad nadie debe tocar ni mover de su lugar. Al chico se le hizo fácil tomarlo y llevarlo al pueblo para ver si le sacaba algo de dinero. Pensó que se trataba de un simple vestigio arqueológico y lo vendió, sin saber en lo que se estaba metiendo. Al día siguiente comenzaron a pasarle cosas raras y un malestar físico sin explicación. Al no notar mejoras, fue con un curandero que sabe del tema y les dijo que tenían que devolverlo a donde fue encontrado para poder curar el mal aire. Hasta la fecha, ni mi marido ni yo sabemos en qué acabó esa historia o si el chico tuvo el valor de regresar al lugar y devolver la figura. —Ana.

 

Un compañero me contó que tiene un terreno allá por Acanceh. Al principio, cada vez que iba le tiraban piedritas de la nada y le escondían sus herramientas para chepear y sembrar. Cansado de ello, llevó a un señor para que lo ayude a limpiar. Al llegar, el señor le dijo: "Aquí tienes aluxes cuidando, te ven como invasor y por eso te fastidian". Le aconsejó que para trabajar en paz, antes de acostarse les dejara una ofrenda: un cigarro prendido en la puerta y unos dulces. Hizo caso al consejo, prendió el cigarro y lo dejó en la puerta, pero se olvidó de poner los dulces, y al regresar a ponerlos se dio cuenta que el cigarro ya estaba a la mitad. Desde eso, cada visita carga con su caja de cigarros y sus dulces para los aluxes. —Melania.

 

Cuando tenía 7 u 8 años, fui a un campamento de Scouts en Seyé. Recuerdo muy bien esa noche porque hicimos una fogata en la que todos nos reunimos y platicamos antes de ir a dormir, estábamos en una hacienda, rodeados de puro monte. Ya más tarde nos fuimos a las tiendas de campaña, pero al llegar uno de los niños se percató que no tenía su piola, esa cuerda enrollada que llevamos al cinturón y que para un Scout es casi sagrada. Todos nos organizamos para ayudarlo y regresamos por el mismo camino con las linternas encendidas. Al alumbrar el suelo, nos topamos con algo rarísimo: la piola no estaba tirada, sino completamente extendida a lo largo hacia un senderito en medio del monte. Al verlo los adultos nos dijeron que probablemente un alux se la había llevado para llamar nuestra atención. —Oscar.

 

Cuando trabajaba en un cenote, en una ocasión llegaron unos visitantes jóvenes y se negaron a pedir permiso a los dueños del lugar, antes de entrar, por lo que incrédulos de la costumbre, guardaron sus cosas en una toalla y se metieron a nadar. Al salir, las llaves del auto se les habían esfumado, aunque buscamos no aparecieron y tuvieron que irse dejando ahí su auto. Al día siguiente, otra persona que estuvo ese día me habló sorprendida: en su mochila había aparecido una llave que coincidía con la del coche. Coordinamos para entregarla en el cenote ese mismo día. Al recibirla, los turistas estaban apenados y temerosos, y el papá de uno de ellos me pidió bajar al cenote. Lo acompañé y vi cómo murmuraba una disculpa mientras dejaba unos caramelos en la orilla. Me confesó que sabía que eran los aluxes y bajó a pedirles perdón por la falta de respeto por parte de los jóvenes. —Luis.

 

Un relato completo: La venganza del alux

Hace mucho tiempo en el pueblo de Tabi había un hombre solitario ya entrado en años. Las canas le pintaban su cabeza y siempre andaba por el pueblo con honda tristeza, porque nunca se había casado, no tenía esposa ni hijos.

 

Era muy pobre; pasaba mucha hambre y la soledad consumía sus días. Un día, cansado de sufrir, tomó una terrible decisión: arrojarse al gran cenote que se encontraba en la plaza del pueblo. Cuando se iba sumergiendo a lo más profundo del agua, en la honda oscuridad, escuchó lo que parecían ser risas y burlas hacia él y su infeliz suerte. Abrió los ojos bajo el agua y se sorprendió: ¡realmente había alguien ahí!

 

Volteó la mirada y vio detrás de él un aruxk’at (un alux de barro): una personita muy, muy pequeña. El alux lo miró y le preguntó:

—¿Por qué quieres acabar con tu vida?

—¡Es que estoy muy cansado de mi vida y de mi soledad! Soy muy pobre; de día paso hambre y de noche padezco el cruel frío. Trabajo y trabajo decentemente, de sol a sol, pero el dinero no me alcanza, la milpa no da frutos y, para hacer más amarga mi vida, nunca he conocido a una buena mujer que me quiera, así que nunca sentiré la alegría de tener hijos.

 

El alux sonrió y le dijo:

—Sé que te esfuerzas mucho y que la vida es injusta contigo. Yo te puedo dar todo lo que quieres, pero a cambio te pediré un pequeño favor. Nada del otro mundo. Sólo me vas a traer algunas ofrendas: medio kilo de miel o azúcar, cuatro jícaras con sakab*, una vela de cera dorada y un ramo de flores.

 

El sakab es una bebida ritual hecha de maíz que se cuece con agua y sin cal y se presenta como ofrenda en las ceremonias agrícolas.

 

El hombre dudó un momento y le preguntó con desconfianza:

—Pero, dime una cosa… ¿no estoy haciendo un pacto con k’aak’asba’al, el demonio?

—No —le contestó el alux—, sólo conmigo. Para tener tranquilidad, los aluxes debemos comer, pero a mí me han abandonado en este cenote. Mi carne es de barro y maíz y necesito reponerla.

—Si es así, está bien —asintió el hombre—. Yo acabaré con tu sufrimiento y tú acabarás con el mío.

 

Y así, su suerte cambió por completo. Su milpa rápidamente prosperó y la cosecha de maíz era abundante. Con el dinero que obtenía de su venta comenzó a levantar una pequeña tienda y se volvió comerciante. Su negocio fue creciendo; si compraba algo en cien pesos lo vendía en trescientos. En muy corto tiempo, el hombre se llenó de riquezas.

 

A la par, tuvo otra gran suerte: conoció a una bella mujer que era rica y joven que se enamoró de él. ¡Ni en sueños hubiera imaginado que una muchacha así le haría caso! Al poco tiempo se casó con ella, y pasados unos meses quedó embarazada.

 

El único inconveniente en el nuevo matrimonio era que la mujer no creía en los espíritus del monte: no creía en los aluxes, ni en los santos, ni le gustaba tener imágenes o esculturas.

 

Aun así, el hombre se esmeró en cumplir su parte del trato: cada determinado tiempo se escabullía en la madrugada para llevarle las ofrendas al alux del cenote. Su esposa comenzó a notar que su marido se ausentaba. Un día, intrigada, decidió seguir en silencio a su marido para ver lo que hacía en la clandestinidad, y lo descubrió frente a un altar a la orilla del cenote, dirigiéndose al alux.

 

—Gracias a ti, hermano aruxk’at, ahora lo tengo todo.

 

La esposa sintió un profundo enojo al verlo postrado frente a la pequeña escultura de barro. Furiosa, pisoteó el altar, blasfemó en contra de los dioses, pateó al alux, tiró las ofrendas y partió en dos la vela de cera dorada, gritando:

—¡No puedo creer que adores ídolos sin vida! ¡Si lo hubiera sabido, no me habría casado contigo! ¡Es mucha ignorancia creer en supersticiones!

 

Él le contestó asustado:

—¡Mujer, no hagas algo de lo que te puedas arrepentir! Con los aluxes no se juega, ¡todo lo que tenemos nos lo regaló él!

—Hemos prosperado por nuestro trabajo, no gracias a un inútil muñeco de barro! ¡Si sigues adorándolo, te dejo! ¡No conocerás a tu hijo que llevo en mi vientre!

 

El hombre tuvo miedo de perder a la mujer que durante tanto tiempo había esperado, así que decidió abandonar al alux. En su altar ya no hubo azúcar, ni sakab, ni velas ni flores. El trato quedó en el olvido.

 

Un día, al entrar a su alcoba, escuchó una risa macabra: era el aruxk’at.

 

—Pensé que eras un hombre honesto, pero olvidaste tu compromiso. La esposa que yo te conseguí te logró manipular y vas a perderlo todo. Me voy a vengar de lo que tú y tu mujer me hicieron. ¡Voy a hacer algo que te dolerá por el resto de tus días!

 

El hombre pensó que si volvía a llevar ofrendas al cenote, el alux se calmaría y todo seguiría con normalidad. Sin embargo, a los pocos días, su esposa entró en labor de parto. El marido fue por la partera y se quedó afuera de la casa, esperando al bebé. Una vez que el bebé nació, el hombre abrió la puerta para conocerlo, y una vez más escuchó la risa del alux.

 

Su esposa lloraba amargamente sobre la hamaca. Cuando el hombre tomó en brazos a su hijo se le heló la sangre: el bebé era idéntico a la figura del pequeño alux: su rostro parecía estar hecho de barro tosco, tenía una textura terrosa y había nacido con una oreja incompleta, así como quedó el aruxk’at al ser pateado por la mujer.

 

Del susto y del dolor, el hombre arrancó a correr hasta llegar al cenote de la plaza, el lugar donde el alux le había salvado la vida. Sin pensarlo, se volvió a arrojar, pero esta vez nadie lo salvó. Murió de verdad. Como había faltado a su promesa, el alux le había quitado todo.

 

Tras su muerte, el dinero que había acumulado el hombre se convirtió en hojas de tabaco, la mujer viuda se quedó en la pobreza y con su hijo idéntico al alux. Ese fue su castigo por blasfemar contra los espíritus de la selva.

 

Escrito por Leobardo Cox Tec

 

Publicado por primera vez en la revista impresa y digital Yucatán Today, edición no. 466 de octubre de 2026.