Cerca del año de 1920 Doña Bacila Tzek Uc nació en Dzam, Yucatán en una hamaca bajo un techo de güano. Cuando tuvo ocho años, una plaga de langostas devastó toda la región del Puuc, acabando con todas las plantas. La destrucción despojó a Doña Bacila y a su familia de su casa y se fueron al monte en búsqueda de un nuevo camino. Su familia se adaptó al estilo de vida nómada y vivieron entre los árboles por más de una década. Bacila fue testigo del injusto ritmo de la muerte, perdiendo a tres de sus hermanos en tan solo un mes cuando ella todavía era pequeña.

Bacila lamenta nunca haber aprendido a leer, escribir o hablar en español. “No hay escuelas en el monte”, dice ella. En vez de lo tradicional, la naturaleza fue su maestra. Ella menciona los nombres en maya de árboles que le sirvieron como zapatos, y fibras naturales y frutas que convirtió en joyería y medicina.

Cuando comenzó a ser adulta joven, su familia decidió ir a vivir al último pueblo en el camino a Oxkutzcab, llamado Yaxhachen, donde todavía vive hoy. Bacila es la partera de la comunidad. Ella vive en una casa de bloques con un solo cuarto, recién pintada de rosa mexicano y turquesa.
Desenrolla una colchoneta en el piso, donde su paciente se acuesta boca arriba y Bacila hace magia con sus manos. Ella empuja y jala la panza de la mamá metódicamente, examinando y situando al bebé en cada fase del embarazo. “Mis pacientes confían en mí—y solo en mí—con el futuro de sus familias”. Un sentido de confianza humilde entonan sus palabras.

Su cabello gris es largo y suave, descansa en un chonguito sobre su hombro y su huipil forma una cortina sobre su cuerpo chaparrito. Sus manos rebozan de labores naturales. Teje sombreros de ramas de güano en las madrugadas de luna llena, cuando el aire fresco suaviza las fibras. Cada mañana agacha su cabeza bajo el brazo de su hamaca azul para alcanzar su jaula de pájaros. Maniobra la jaula, descolgándola y llevándola afuera. Se acurruca en una banca de madera abajo de un árbol de guanábana y sus manos sostienen a los pájaros y los alimenta con agua y masa sin descanso hasta la tarde. Ella sabe como cuidar muchas cosas, pero los pájaros no siempre sobreviven.

Bacila no sabe cuantos bebés ha recibido, pero a veces hay dos o tres en el mismo día. Ha recibido gemelos, primeros bebés, y hasta el doceavo bebé de la misma familia. Bebés gritando y recién nacidos quietos. Acordándose de la vida y la muerte, una a lado de la otra y eso le hace sentir una emoción agridulce, y ella pregunta, “¿Porqué? ¿Porqué yo sigo viva?” Y su tía le contesta, “Tu nunca vas a morir, porque si mueres, ¿Quién va a contar las historias?”

Por Amanda Strickland

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