La Bajada de Dios

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Así llamaban los Mayas a una ceremonia nombrada bautismal por el Obispo Diego de Landa, y de la pubertad, por el Dr. Sylvanus G. Morley en su obra La Civilización Maya.

Gracias al Obispo de Landa, sabemos que el día de la celebración se reunían todos en el patio de la casa del padrino (un hombre principal del pueblo). Además, designaban a un anciano como padrino de los muchachos y a una anciana como madrina de las muchachas.

El  sacerdote, portando una vistosa capa y una especie de mitra de plumas de colores en la cabeza, regaba agua bendita con un hisopo confeccionado con un palo corto bien labrado, del cual pendían colas de serpiente de cascabel. Cuatro ancianos honorables servían de chaces o ayudantes, y colocaban sobre la cabeza de los niños pedazos de tela blanca traídos por sus respectivas madres.

Cuando todos estaban sentados y en absoluto silencio, el sacerdote derramaba sobre los niños agua bendita con el hisopo, y se sentaba. Acto seguido, el padrino de la ceremonia amagaba a cada niño nueve veces en la frente con un hueso dado por el sacerdote, y mojándolo con agua bendita, les humedecía las diferentes partes de la cara y los espacios entre los dedos de las manos y de los pies.

El sacerdote retiraba los paños blancos de la cabeza de los niños, y estos regalaban a los chaces hermosas plumas y granos de cacao. El sacerdote, a continuación, procedía a cortar la pequeña cuenta blanca que cada muchacho había llevado en la coronilla desde los cuatro o cinco años como símbolo de virginidad. Los ayudantes portando flores y pipas, le echaban una bocanada de humo a cada uno de cuando en cuando.

Luego, se repartía comida preparada por las madres. Y un oficial designado debía tomarse un vaso de vino sin parar, como ofrenda de los menores a los dioses.

Cada madre le quitaba a su hija la concha roja, que –al igual que los niños- ellas habían llevado en la cabeza como símbolo de pureza, y ya se consideraban listas para casarse.

Terminaban comiendo y bebiendo todos, menos el padrino de la ceremonia, a quien le correspondía hacer tres días de ayuno antes de la celebración, y nueve más terminada la misma.

Por: Yurina Fernández Noa

(yfn1990@hotmail.com)

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